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Dr. Leonardo Manrique Castañeda
Extractado de la "Presentación" del Diccionario Huave

Cuando el Instituto Lingüístico de Verano me pidió hacer el prólogo o presentación del Diccionario huave-español, español-huave acepté de inmediato hacerlo, porque ¿cómo podría habérseme ocurrido siquiera una negativa a quienes han sido amigos por tan largos años, quienes contribuyeron con sus cursos a mi formación profesional (y por eso puedo ahora llamar orgullosamente colegas) y con quienes he colaborado por un tiempo también considerable?


Podría haber intentado que el prólogo fuera un sesudo, técnico y frío análisis del diccionario, pero he preferido ponerme a reflexionar conmigo mismo y con quienes tengan la gentileza de leer el prólogo el por qué de mi prontitud en dar el sí, pues es evidente que no se debió al interés por el huave (grande por cierto) sino a una especial relación con los autores, al conocimiento de la labor que realizan, de profundo sentido humano. Ya dije que los miembros del Instituto Lingüístico de Verano son mis amigos, algunos mis maestros, todos son colegas y colaboradores. Ahora cabe explicar un poco por qué los considero así.


Son amigos porque no pueden dejar de serlo aquellos que siempre han mostrado deseo de ayudar y que ayudan cuando se necesita, aquellos con quienes hemos pasado largas horas conversando y discutiendo de los más diversos asuntos (a veces enojosos, a veces tristes) y nunca han tratado de imponer su opinión ni se han salido de sus casillas, sino que admiten los argumentos en contrario y esgrimen —como es natural— los suyos sin acaloramiento. Son amigos que cuidadosamente procuran no ofender a nadie y que perdonan las ofensas que, sin intención o con ella, han recibido. En fin, lejos estoy de querer definir lo que es la amistad, pero todo el mundo que tiene amigos sabe reconocer cómo se manifiesta, y los lingüistas del Instituto Lingüístico de Verano saben demostrarla, tanto a nosotros cuanto y sobre todo a los miembros de las comunidades indígenas en las que prestan sus servicios.


Que hayan sido algunos de ellos mis maestros no parece requerir mayor elaboración, simple y llanamente es un hecho objetivo que impartieron en la Escuela Nacional de Antropología e Historia algunos de los cursos que seguí, de la misma manera que los han seguido la gran mayoría de los lingüistas mexicanos ahora en activo. Quiero, sin embargo, desechar una afirmación que repetidamente he oído: que sin ellos no hubieran podido formarse lingüistas en el país. Cuando quien estas líneas escribe y sus compañeros estudiaban (y desde antes) contaba la Escuela con varios lingüistas y filólogos--nacidos unos en el país, otros afuera--como Wigberto Jiménez Moreno, Roberto J. Weitlaner o Mauricio Swadesh, que hubieran podido encargarse de todos los cursos en vez de limitarse a algunos, pero ellos y los miembros del ILV decidieron que era más conveniente recibir las enseñanzas de una gama más variada de profesionales, para que la formación fuera más crítica, más sólida, y a ello contribuyeron con el mismo desinterés de siempre mis amigos, deseosos de que una buena planta de investigadores mexicanos pudiera dedicarse al estudio de las lenguas aborígenes (uno de sus propósitos), sin pretender por ningún momento inducirnos a seguir su otro propósito que es, como es bien sabido, traducir la Biblia a esos idiomas, pues ellos piensan que el conocimiento de las sagradas escrituras es un beneficio para todo ser humano.


Pero no termina con lo anterior su labor de maestros. Son maestros también de los indios en muchas otras formas más valiosas, si se quiere, que la formación de lingüistas. Así han elaborado desde su instalación en el país muy numerosas cartillas de alfabetización en la lengua nativa que, como lo demuestran estudios de la UNESCO, es la más efectiva para después enseñar el castellano, la "lengua nacional" de México, y si en los primero tiempos ellos mismos imprimían las cartillas rudimentariamente en mimeógrafo, más recientemente han colaborado en el aspecto lingüístico y pedagógico de las cartillas que editó con sumo cuidado el Instituto Nacional Indigenista, que así lo reconoce en la página de créditos. De más está decir que la enseñanza misma de la lectura-escritura ha estado muchas veces en sus manos. Claro está que quienes viven en una comunidad para aprender su lengua y servirla no se limitan a este aspecto escolar, también enseñan prácticas sanitarias, agrícolas y artesanales, de todo lo cual con frecuencia (y en cooperación con la Secretaría de Salubridad y otros organismos) han escrito textos en los idiomas indígenas para que sean más facilmente accesibles a quienes van dirigidos.


No quiero extenderme sobre la colaboración que hemos tenido. De lo anteriormente dicho puede desprenderse que siendo tantas y tan diferenciadas las lenguas nativas de nuestro país, difícilmente puede una institución sola (y mucho menos un individuo) recabar en un tiempo corto y por sí mismo todos los materiales que un estudio particular requiere; de ellos hemos recibido muchos materiales y en reciprocidad les hemos informado de nuestras investigaciones.