Translated English version

Raúl Noriega
Palabras del Lic. Raúl Noriega, presidente del comité organizador, al entregar el libro de homenaje A William Cameron Townsend en el vigésimoquinto aniversario del Instituto Lingüístico de Verano (1961)
a William Cameron Townsend

Don Guillermo:


En nombre de un grande mexicano, infortunadamente ya desparecido, el Doctor Don Manuel Gamio, y de los secretarios del comité organizador, el Profesor Jiménez Moreno, el Doctor Comas, el Profesor De la Fuente, y el Doctor Benjamín Elson, voy a hacerle a usted entrega de un libro que refleja en parte este péndulo que toca la historia de nuestra América indígena todos los días, el péndulo que se hunde en la obscuridad de los siglos de un extremo, y que penetra hacia el futuro y en los horizontes más modernos de nuestra época contemporánea. Yo espero, Don Guillermo, que este libro en el que colaboraron sesenta y un personas con todo fervor y cariño hacia usted, espero que este libro sea un grato recuerdo y cumpla a los fines de verdadero homenaje para los cuáles fue hecho. Y espero, también, que dentro de veinticinco años ya no le entreguemos a usted un libro, sino una pequeña biblioteca, también de homenaje, escrita por ustedes.



Extractado de "William C. Townsend, Ejemplo", Novedades, 24 de enero de 1961

Las leyes de todos los países, el preámbulo de la Carta y la Declaración de Principios de las Naciones Unidas y la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proyectan normas de solución, mas se requiere la unión de todas las voluntades para corregir tantas aberraciones individuales y colectivas y lograr que esos documentos jurídicos-políticos sean fórmulas de aplicación universal.


Sin embargo, sin esperar que el milagro se realice, hay hombres y mujeres que trabajan callada y heroicamente para detener el alud destructor del que todos somos responsables.


Contra las fuerzas de penetración "civilizadora" que cristalizan en verdaderos cataclismos para grandes núcleos de población indefensa, las únicas fuerzas disponibles de protección están en el espíritu de aquellos que, teniendo un sentido místico de la vida, defienden a su Dios en la imagen del hombre y desarrollan obra misionera que se expresa en la palabra del Evangelio y en la mente de los que, inspirados por un misticismo agnóstico, con la voz del Maestro, transmiten las enseñanzas y conocimientos que levantan murallas de autodefensa para los núcleos nativos.


Unos y otros se inspiran en una misma fe, la que ha de tenerse en el ser humano, cualquiera que sea su origen y las circunstancias de su vida, sin distingos por el color de la piel, ya que ésta no establece diferencias ni intelectuales ni morales, fe que también se inspira en la idea de que nuestro planeta no puede ser patrimonio divisible entre unas cuantas potencias políticas, dueñas supremas de los instrumentos de producción y destrucción, sino que la Tierra es patrimonio de todos los hombres.


William Townsend es uno de estos místicos, en el que se conjugan las dos tendencias: una que busca la salvación de las almas por el perfeccionamiento y su identificación con un creador divino; y la otra que aplica cuanto de positivo tiene la civilización para que no solo las almas, sino también los cuerpos, se salven de los infiernos que forman el dolor, la enfermedad, la miseria, el despojo y la muerte prematura.


Durante su larga vida, Townsend es ejemplo cordial de entusiasmo y sacrificio. Ha recorrido los lugares más recónditos de nuestro continente; dondequiera que le ha sido posible ha establecido una escuela y durante su largo y esforzado peregrinar, ha gozado de la virtud de hacer que otros pongan en sus manos el prodigio de la comida, las medicinas y el vestido y los medios de educación que otros necesitan.


Es así como a mucho niños de ayer, mujeres y hombres maduros de hoy, ya no les aflige la amargura ni están desválidos, porque cuentan con defensas para luchar contra las monstruosidades de la civilización deshumanizada que sin querer hemos creado.